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Historias: Nostalgia y realidad de una noche de reencuentro

  Al primer excompañero que abracé fue a Roberto Franco. Él, por ese entonces, en la década del 70, pesaba 53 kilos, un chiste si lo comparamos con los jugadores de este tiempo, bien afirmados en físicos trabajados en gimnasios. ¿Qué hizo “Cañita” Franco durante su recorrido forevista? Nada extraño, nada nuevo para fútbol: se pasó la vida dibujando recuerdos en la franja izquierda del campo de juego de la Nueve de Julio. Arrancaba desde la zona del ingreso a la tribuna popular, ataba el barrilete al borde externo del pie y viajaba hasta el territorio que lindaba con la casa del utilero. Cuando no, cuando cambiaba de recorrido, su fútbol tomaba la diagonal, cambiaba de ritmo y tiraba una pared larga con Raúl Vargas o con quien tenía ese día el gusto de ponerse la número 9. Cuando aceleraba Roberto Franco, por ahí pasa esta historia, el fútbol era juego. Y si no era juego, vayan los sinónimos: recreo, diversión, aventura, entretenimiento. La gente, feliz por supuesto.

   La vida es una sucesión de imágenes en un millón, en dos millones de escenarios. Tengo predilección futbolística por las que vi o viví con las que ocurrían en ese estadio. En la cena que convocó a exjugadores , después del abrazo con Franco repetí el ritual con Coca Benítez, un maestro del anticipo, y luego con Pepo Fernández. Pepo, un guapo incomparable con algunas pestes encima, jugaba de extremo, un extremo que hoy no abunda. ¿Y qué es un extremo? Para no joder con el discurso, vayamos a las comparaciones. Un extremo es un delantero que por sus características gana siempre el fondo, como Rodrigo Palacios, Caniggia, el Chelo Delgado o hace unos buenos años el uruguayo Alzamendi. El extremo repite una y otra vez el pique veloz en el borde de la última línea rival y siempre llega solo, sin marcas, frente al arquero. Pepo conocía al pie de la letra ese país y festejaba con sus andanzas. Bah, festejábamos todos.

1980 1976

   Luego me estreché con Natalicio Dávalos, un arquero que en lugar de dos tenía cuatro manos. Por supuesto, con Pirulo Escobar, un jugador de asombrosa técnica y a su vez gran cabeceador. Después saludé a todos los que recordaba y también a quienes no. Algunos no estuvieron, pero los recuerdo en el campo de juego y seguro que los recuerda la gente porque en ese tiempo se vivía la “dictadura forevista”, ya que a excepción de una intervención de Unión de Pinedo -en fusión con For Ever -y alguna que otra eventual clasificación de Sarmiento y Don Orione, el equipo de la Nueve de Julio reiteraba su presencia en los primeros planos nacionales.

    Además, como la cena incluía a jugadores que lograron la mayor proeza obtenida por un club de fútbol chaqueño, me crucé con ellos, los saludé pero no hice lo que debía: pedirles un autógrafo porque a pesar de los años ese hecho se ha suspendido en el tiempo y no transcurre, anda vivito y coleando. En esa obra maestra anduvo Hugo Lacava Schell, uruguayo como Víctor Hugo o como Mónica Farro, según por donde venga la apetencia. A Hugo lo vi jugar antes que todos los chaqueños en la sexta de Boca, con Marcelo Trobiani y Paulino Sánchez, el correntino, como compañeros.

     Cuando menciono la sucesión de imágenes y escenarios me vienen a la memoria los mejores de los domingos por la mañana cuando se jugaba el clásico ante Sarmiento y el estadio estaba casi repleto o, por lo menos, había siete mil personas en él. Que no quepan dudas de que el jolgorio del público ante la sucesión de victorias ante el rival de tantos años, que era acompañada por la notables milongas que le daba un puntero izquierdo forevista a quien anduviese por ese sector, fueron memorables. Juro dos y tres veces que el estadio explotaba como la hacen los de Boca, River o San Lorenzo en sus mejores galas.

      Pero todo esto es pasado, no hay posibilidades de regreso. Como no soy un nostálgico, siempre me pregunto cuál es la diferencia entre aquellos jugadores y los actuales. La respuesta es automática: la técnica. No he vuelto a ver deportistas de tan buen pie como Franco, Escobar, Pilo Quiroga, Pablo Cáceres, Mauricio Esquivel y Raúl Vargas, por nombrar algunos.

      En cuanto a lo dirigencial, no sé mucho porque no pisé ese suelo. El presidente Gómez, señor a quien conocí en la cena, me señaló que la tarea prioritaria es el desarrollo institucional. Es el mejor camino, quizás el mismo que eligió Abrahan Rabinovich para sostener a For Ever en las alturas.

                                                                   Por      Reinaldo Bianucci /13 NOV 2011/

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