
Hoy el agua estaba de luto. A los 85 años fallecía Julio Oscar Meza, “Julito”, como lo llamaban afectuosamente quienes compartieron con él incontables jornadas de nado en los ríos de la región. El río Negro, el Paraná y la natación chaqueña habían sido parte inseparable de su vida.
“Nos dejó Julio Oscar Meza, nuestro querido Julito, el Mbigüá del río Negro”, fue la sentida despedida de José Antonio Muchitti, uno de los grandes deportistas con quien había compartido muchas horas de nado, especialmente en el Paraná.
Nacido en Resistencia el 16 de septiembre de 1940, Meza había dejado una huella profunda en la historia deportiva del Chaco. Su vida había estado marcada por el agua desde muy pequeño y había convertido aquella pasión en una forma de vida.

En una entrevista realizada para “Cinco Fotos, Una Historia”, Julio Oscar Meza había repasado los momentos fundamentales de su trayectoria y había contado cómo había comenzado aquella relación indestructible con el río.
El río Negro, su primer gran escenario
—Julio, ¿cuál había sido tu primer contacto con el agua?
—Yo había nacido en Resistencia, muy cerca del río Negro. Por eso, siempre había tenido al río Negro presente en mi vida.
Para encontrar el comienzo de aquella historia había que remontarse a la década del 50. En su libro Mi vida al río, Meza había relatado cómo un médico, el doctor Evaristo Ramírez, le había recomendado a su madre que practicara natación y atletismo.
“Señora, su hijo tenía que practicar natación y atletismo. Eso iba a fortalecer sus músculos bronquiales y aliviar su alma”, le había dicho el médico.
Julio había nacido asmático, una condición que había heredado de su madre, pero que finalmente había terminado siendo uno de los motivos que lo acercaron definitivamente a la natación.
Su hermano menor, Víctor Hugo, y él habían sido inscriptos en la escuela deportiva del Club de Regatas Resistencia. En aquellos años todavía no existía la pileta y la actividad se desarrollaba en el río Negro, especialmente en la zona del trampolín.

Pero Meza había ido mucho más allá.
Había aprendido a nadar en la laguna Ávalos, entre los yacarés y en contacto permanente con la naturaleza. Y cuando adquirió confianza, el río se había convertido prácticamente en su territorio.
“Yo me escapaba, agarraba el río por mi cuenta y me iba hasta la zona del Matadero Municipal. Hacía siete u ocho kilómetros, encontraba la corriente y volvía. Toda la tarde nadaba. Todos los días”, había contado.

Un nadador formado por sí mismo
Julio no había tenido un maestro de natación que le enseñara los secretos de la disciplina. Había aprendido observando, experimentando y conociendo su propio cuerpo.
Incluso había tomado como referencia a un nadador que había visto en una película, Vito Dumas, cuyo estilo había observado, corregido y adaptado.
Su manera de nadar había sido suave, de brazadas largas y pausadas, pero con un ritmo sostenido que le había permitido recorrer enormes distancias.
“Siempre había nadado suave, con abrazadas lentas, pero de buen ritmo”, había explicado.
La pregunta sobre cuántos kilómetros había recorrido a lo largo de su vida había generado una respuesta que resumía perfectamente su relación con el agua:
“Siempre había dicho que eran miles y miles y miles. Esa había sido una de mis inquietudes desde chico: ¿cuántos kilómetros podía recorrer el hombre nadando?”.

De los ríos del Chaco a las grandes competencias
Las primeras competencias habían llegado en el río Negro, en las pruebas que organizaba Regatas. Había participado en carreras de 500, 1.000 y hasta 3.000 metros, en el tradicional recorrido alrededor de la isla.
Luego había viajado a Buenos Aires, donde había permanecido hasta los 21 o 22 años. Allí había tenido la oportunidad de conocer a Horacio Iglesias, quien posteriormente se convertiría en una de las grandes figuras de la natación de aguas abiertas.
Meza había regresado al Chaco para realizar el servicio militar y, a partir de allí, había comenzado una etapa competitiva que lo llevaría a participar en grandes desafíos de aguas abiertas.
En 1963 había disputado su primera Corriente Barranqueras, competencia en la que había terminado quinto.
Su preparación había sido particular. Había controlado sus brazadas y su respiración de manera intuitiva, buscando que ambas acciones coincidieran para conseguir mayor resistencia.
“Yo controlaba mis brazadas y mi respiración. Hacía coincidir bien la brazada con la respiración y eso me daba un aliento tremendo”, había relatado.
El río como compañero de toda una vida
Uno de los aspectos que más llamaba la atención de su historia era que Meza no había entendido la natación solamente como una disciplina deportiva. Para él, nadar había sido una manera de vivir y de relacionarse con la naturaleza.
Muchas veces, cuando terminaban los entrenamientos en Regatas, en lugar de quedarse en el club, volvía al río. Desde el balneario se internaba en el agua y continuaba nadando mientras otros compañeros quedaban atrás.
En una de las fotografías que acompañaban aquella entrevista aparecía junto a Alejandro Reguera, quien lo había acompañado como remero en su primera participación en la Santa Fe-Coronda.
También había quedado el recuerdo de un joven al que había conocido en Regatas, “Sachi”, hijo de la mujer que atendía la cantina del club. El muchacho quería aprender a nadar y Meza había terminado ayudándolo a perderle el miedo al agua. Aquel niño había aprendido a nadar y también se había convertido en un buen nadador.

Un legado que permanecerá en el agua
Julio Oscar Meza había sido mucho más que un nadador. Había sido un hombre que había hecho del río una parte esencial de su existencia y que había transmitido, con el ejemplo, una manera distinta de entender el deporte.
Su historia había quedado ligada al río Negro, al Paraná, a Regatas, a las competencias de aguas abiertas y a varias generaciones de nadadores chaqueños.
Hoy, a los 85 años, su partida dejaba un enorme vacío.
Pero quedaba su historia. Quedaban sus kilómetros recorridos, sus competencias, sus amigos, sus enseñanzas y, sobre todo, aquella imagen de un hombre que había encontrado en el agua su lugar en el mundo.
“Julito, el Mbigüá del río Negro”, como lo despidió José Antonio Muchitti, había partido, pero su nombre seguiría nadando en la memoria del deporte chaqueño.
Por Luis Darío Molodezky
ASI LO DESPEDIA JOSÉ ANTONIO MUCHUTTI




