Así como quiere la gente y no lo sabe explicar, así juega este Boca. Y así se plantó en el mítico Morumbí, una vez más. El 1-1 ante San Pablo que lo metió en las semifinales de la Copa Sudamericana hasta queda anecdótico en comparación con la evolución que tuvo en todo sentido desde que sufrió la eliminación de la Libertadores. Y la mejor prueba de ello fue cómo salió a jugar el partido, con la intención de el trámite del juego y empujando a su rival a sentir la impotencia de darse cuenta que no contaba ni con las herramientas ni con el ímpetu necesario para amedrentar desde lo que se supone que debe proponer un equipo que juega de local en este Templo del fútbol. Por eso, al contrario de lo que se suele esperar de estos partidos, la primera media hora no fue de asedio ni mucho menos.
Claro que Boca tuvo tanto la pelota que por ese mismo motivo debe cargar necesariamente con la responsabilidad de casi no haber generado peligro, y por casi se entiende que al merodear el área de Rafael y por un error en salida de Arboleda que no pudo capitalizar Merentiel se puede decir que hasta algo después de la pausa de hidratación la sensación era que los de Arruabarrena quienes más cerca estaban del gol.
En ese interín, ocurrió algo menor para el juego pero elocuente para el desarrollo que se venía dando: el primer córner para San Pablo, festejado casi como un penal por una multitud desesperanzada por lo que le mostraba su equipo. No fue un quiebre ni nada de eso, pero sí un detalle que marcaba el pulso de un partido que pronto cambiaría levemente de dueño, por la inevitable necesidad local y porque las piernas de Boca empezaron a pedir aflojar el ritmo.
Entre ese tramo final del primer tiempo y el inicio del segundo llegó lo mejor de los brasileños, con el punto más alto en el desborde por la punta de Lautaro Blanco que terminó con un cabezazo cercano al arco de Gustavo Santana, salvado de un modo providencial por Álvaro Montero y después por el travesaño.
A Boca parecía hacérsele largo el partido en ese interín. Y ahí sí llegaron las reminiscencias de las viejas batallas en este mismo escenario. Las de saber sufrir, que también es una característica a lograr para los equipos con aspiraciones. Claro que no sólo fue sufrir sin argumentos para sobrellevar el momento, porque si bien San Pablo se venía, el Xeneize no se desordenó y fue solidario. Y tuvo lo mejor de Leandro Paredes en ese rato, apareciendo en todos lados y ganando duelos por doquier.

En eso andaba la cosa cuando los centrales de San Pablo se durmieron en un pelotazo sin destino y Leandro Lozano olió sangre y le ganó la espalda a Duarte para darle de zurda, como si fuese la última pelota de su vida. La metió esquinada, haciendo inútil la estirada del arquero y poniéndole justicia a lo que había pasado en general hasta ahí en la noche.
Faltaba media hora, en la que se vio de nuevo al Boca bien plantado y bien de la cabeza que viene armando el Vasco, al margen del gol anulado a San Pablo y del empate agónico, otra prueba de lo mejorado que está en todo sentido el plantel y el equipo. Capaz de sobreponerse a semejante escena después de tantas frustraciones. Y de golpe y tras haber ganado una batalla gigante, quedar a un paso de jugar una nueva final continental.