
Hubo una noche, en el histórico estadio cerrado del Parque 2 de Febrero, en que el deporte chaqueño rozó la tragedia a mediados de 1986. Una noche en que el grito de aliento quedó ahogado por el estruendo de la madera y el metal que cedían, y en que el entusiasmo de miles se transformó en un instante de pánico. Fue durante el Campeonato Argentino Juvenil, mientras Chaco y Córdoba disputaban un juego vibrante ante una multitud que desbordaba, literalmente, la capacidad de las instalaciones.
La crónica, escrita al día siguiente, aún transmite el temblor de aquel episodio que pudo haber terminado en desastre.
Un clima de fiesta que se volvió angustia
El estadio estaba repleto. Más que lleno. Las tribunas improvisadas —trasladadas desde el Club Independiente Tirol por la Dirección de Deportes— habían sido montadas para la ocasión con la urgencia y precariedad que caracterizaban a muchos eventos deportivos de la época. Sin embargo, nada hacía presagiar lo que vendría.
El partido entre chaqueños y cordobeses marchaba punto a punto, encendido, apasionante. Los hinchas de For Ever y los de Chaco, mezclados en las gradas de madera y metal, alentaban con fervor; cada jugada era celebrada como un triunfo, cada pelota perdida era sufrida como una final. El clima era eléctrico. Y el volumen de los gritos, ensordecedor.
Pero bajo ese entusiasmo latía un peligro: una estructura debilitada, sobrecargada por un público que superaba holgadamente el aforo permitido.

El estruendo que detuvo todo
De pronto, un ruido seco —un golpe brutal, irrepetible— cortó el aire. Una de las tribunas, de más de diez metros de largo, simplemente desapareció ante la mirada atónita de miles. La estructura que formaba un ángulo con la grada ubicada sobre calle Obligado cedió por completo, arrastrando consigo a más de 600 personas.
Aunque el parte oficial habló de apenas seis heridos, los testigos directos —entre ellos el propio cronista— contaron al menos veinte personas lesionadas, atendidas en plena cancha, algunas de ellas trasladadas para evaluar la gravedad de los golpes.
La marejada humana que cayó desde tres metros de altura dejó escenas de desesperación: gritos, carreras, cuerpos apilados, padres buscando hijos, amigos intentando rescatar a quienes habían quedado atrapados. En medio del caos, ambulancias y vehículos particulares improvisaron traslados entre la confusión y el miedo.
Indignación y pedidos de explicaciones
De inmediato se levantaron voces de protesta. ¿Quién era responsable? ¿Cómo había sido posible semejante negligencia? La misma crónica recuerda las palabras firmes y duras de don Alberto Perosio, quien, al borde de la tribuna derrumbada, sentenció:
“Esto es una vergüenza. Por unos pesos más se pudo haber hecho una tribuna de cemento.”
Y no faltó quien resumiera el sentir popular con amargo humor chaqueño:
“Tribu abandonada, tribu caída.”
La falta de controles estructurales, la improvisación en el armado y la ausencia de un cálculo real de capacidad hicieron el resto. El resultado fue el desplome completo de un sector repleto de espectadores.
Afortunadamente —y casi milagrosamente— no hubo víctimas fatales. Pero lo que pudo haber sido una catástrofe deportiva sin precedentes en Chaco quedó marcado como un llamado de atención que jamás debió repetirse.

Un futuro con preguntas urgentes
La caída de la tribuna abrió un debate inmediato: ¿dónde jugar, entonces, si la selección chaqueña avanzaba a las fases finales? Cada triunfo de Chaco atraía más público, y el entusiasmo popular era incontrolable.
El Parque 2 de Febrero ya no podía considerarse seguro ni suficiente. Su capacidad había quedado definitivamente superada. Y la única alternativa viable parecía ser la cancha de Don Orione, con espacio para unas seis mil personas, aunque no estaba exenta de sus propios desafíos.
La advertencia final del cronista encerraba un mensaje que todavía resuena con vigencia:
“Una situación así no debe repetirse. Y debe respetarse la capacidad determinada de cada estadio.”
La noche en que cayó la tribuna sigue siendo parte de la memoria profunda del deporte chaqueño. Un episodio que mezcla pasión, imprudencia y destino, y que recuerda que ninguna fiesta popular puede sostenerse en estructuras frágiles. Que el fervor no exime la responsabilidad. Y que, aun en medio del deporte, la vida siempre debe ser prioridad.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY
Chaco campeón argentino juvenil 1976
El calendario marca 49 años de una de las páginas más gloriosas del básquet chaqueño: la consagración del seleccionado juvenil como campeón argentino en 1976. Una hazaña que trascendió el resultado deportivo para convertirse en patrimonio sentimental de toda una provincia, impulsada por una generación irrepetible que supo mezclar talento, coraje y sentido de pertenencia.
El título se selló en casa, en el por entonces Estadio Cubierto del Parque 2 de Febrero —hoy Centro de Educación Física N.º 1—, un escenario que vibró como pocas veces se recuerda. Cada noche, miles de chaqueños colmaron las tribunas tubulares especialmente montadas para ampliar la capacidad del coqueto gimnasio. Tal fue la marea humana y la pasión desbordante, que en una de las jornadas se vino abajo una de las gradas. Nadie retrocedió. Se continuó, porque el básquet —y el Chaco— estaban viviendo su fiesta.
Los protagonistas de una epopeya
La dirección técnica estuvo a cargo de Alberto Perosio y Julio Semino; el utilero fue Daniel Cristaldo, quien luego sería figura de Hindú y del propio seleccionado chaqueño; y el plantel contó con la atención médica del doctor Hugo Camisasca.

Jugadores campeones 1976:
- Walter Melli (5)
- Gabriel “Patonga” Milovich (13)
- Ramón “Rabincho” Ojeda (8)
- Guillermo “Puchero” Fermani (11)
- Sergio “Maní” Schmidt (9)
- Javier Busciglio (12)
- Daniel “Gino” La Regina (15)
- Alberto Juan
- Jorge Eguiazú (6)
- Walter Lavia (4)
- Juan Suárez (10)
- Raúl Invernizi (14)
La dirigencia que acompañó el sueño
La Federación Chaqueña estaba presidida por Hernán Harold Piccilli, acompañado por César Pilatti Vergara, Carlos Freschi y Coco Lobera, quienes desempeñaron un rol clave tanto en el apoyo al plantel como en la impecable organización del torneo.
El equipo que llenó el “Parque”… y el corazón del Chaco
Aquel conjunto no solo llevó multitudes al histórico gimnasio del Parque, sino que llenó de orgullo y alegría a toda la provincia. Fue más que un campeonato: fue un símbolo de identidad. El punto de partida de muchas carreras destacadas y el testimonio de una época donde el básquet chaqueño, con pasión y formación, se plantaba ante el país.
Cuarenta y nueve años después, el eco de aquellos aplausos todavía resuena. Porque hay títulos que no los borra el tiempo. Y hay equipos que no se olvidan.




