
Hubo un momento en la historia deportiva del Chaco en que todo parecía posible. Corría 1980 y, como un soplo de modernidad, comenzaron a llegar jugadores norteamericanos para reforzar a los distintos clubes. De pronto, las canchas explotaban de público, el básquet se convertía en un espectáculo irresistible y los aficionados hacían colas interminables para conseguir una entrada. Aquellos torneos, cargados de magia y vértigo, marcaron una época que todavía hoy se recuerda con nostalgia.
Entre todos los extranjeros que pasaron por la provincia, hay un nombre que brilla con luz propia: Stanley Jackson, el jugador que Don Orione Athletic Club incorporó casi como un sueño… y terminó convirtiéndose en leyenda. Atleta, showman, superdotado, comparado sin exageración con un Michael Jordan primitivo: simplemente, un fuera de serie.
Para muchos, el mejor extranjero que pisó las canchas chaqueñas.
Un salto a otro nivel
A las cuatro de la tarde ya no quedaban entradas cuando jugaba Don Orione. Las tribunas se llenaban temprano para asegurar un lugar y, cuando Jackson aparecía en escena, la cancha se convertía en un teatro. Su potencia, su vuelo, su capacidad de penetración, su espectacularidad y esa mezcla de elegancia con explosión lo volvían un imán.
Al llegar a Resistencia, el morocho espigado recorría la ciudad, trataba de aprender español y se mostraba sorprendido por el cariño inmediato de la gente. Era, además, un genuino embajador del básquet estadounidense, con todos los fundamentos que entonces aquí parecían sacados de otro mundo.
“Yo podría estar en el básquet puramente profesional, pero prefiero esto, porque se hace con más cariño”, dijo en una de sus primeras entrevistas, sentado en la redacción del diario, acompañado por dirigentes del club y traducido por César Hermosilla Spaak. La sencillez fue siempre su marca personal.
Un estadounidense en el Chaco
Jackson se sumó así a la lista de grandes norteamericanos que pasaron por la provincia: Julius Howard, Laurencio, Horman, Larry Green, Steve Washington. Este último, veterano y conocedor, fue quien advirtió tempranamente que Don Orione había traído a un “inmigrante del talento”, una joya deportiva.
“El nivel que tiene es internacional. Chaco le queda chico”, comentaban los entrenadores. Carlos Lutringer, exigente como pocos, lo consideraba un jugador completo: salto imponente, potencia pura para llegar al aro y un entendimiento táctico que se veía poco en esos tiempos.
El propio Jackson había escuchado hablar de Lutringer mucho antes de llegar. “Me hablaron de sus antecedentes, sobre todo como entrenador. Aquí me siento muy cómodo”, reconoció.

STANLEY JACKSON, en la redacción de diario Norte, acompañado por directivos del Don Orione Athletic Club, entidad donde milita. Aquí con César Hermosilla Spaak como traductor y un fanático del deporte como Jorge León Maidana (ambos fallecidos)
Otras figuras, la misma época dorada
En una de aquellas visitas a la redacción, Luttringer interrumpió para presentarle a la prensa al nuevo americano recién contratado: Edward Sheridan, un base que no alcanzaba el metro ochenta pero que hacía jugar a todos. Jackson coincidió: “Es excepcional. No necesita altura para ser grande”.
Entre risas, reconoció también sus dificultades con el idioma: “Me cuesta un poco el español. Hablo inglés y francés, y a veces me confundo, pero me las arreglo”.
Un ídolo sin estridencias
Quienes lo trataron recuerdan a un hombre accesible, humilde, siempre dispuesto al diálogo y al gesto amable. Cuando caminaba por las calles de Barranqueras o Resistencia, la gente lo saludaba como si fuera de la casa. Y él agradecía de la única manera que sabía: jugando.
Porque para Jackson el básquetbol era un acto de gratitud hacia quienes lo adoptaron como propio.
Un recuerdo que sigue vivo
Cuarenta y cinco años después, su nombre todavía despierta emoción. Los que lo vieron volar en aquellas noches cargadas de electricidad cuentan historias que, más que anécdotas, parecen escenas de película. El estadio repleto, la expectativa, el silencio antes del salto, la explosión después de cada jugada.
Stanley Jackson no solo fue un jugador extranjero: fue un acontecimiento. Una irrupción que cambió la percepción del básquet chaqueño, que elevó el nivel competitivo y que dejó huella en una generación entera.
Hoy, cuando el paso del tiempo vuelve más nítidos los recuerdos verdaderamente importantes, su figura se agranda. Y vuelve a brillar, como cuando llenaba canchas enteras y hacía vibrar a todo el Chaco.
Stanley Jackson fue –y sigue siendo– un capítulo inolvidable de nuestra historia deportiva.
Por LUIS DARIO MOLODEZKY




