
Olga Pisarello no fue solamente una campeona dentro de una cancha de tenis: fue, ante todo, una mujer de carácter sereno, de elegancia natural y de una profunda vocación por enseñar y acompañar.
Su nombre quedó ligado para siempre al deporte blanco de la región, pero también a las aulas donde, con la misma disciplina y calidez, formó generaciones enteras como profesora de Mercadología en distintos establecimientos educativos.
Quienes la vieron jugar recuerdan su estilo firme y sobrio, su concentración sin estridencias y esa manera tan propia de construir los puntos con paciencia, inteligencia y temple. Ocho veces campeona provincial, protagonista de innumerables torneos y embajadora deportiva del club que defendió desde 1957, Olga representaba una época en la que el deporte era también un espacio de amistad, respeto y camaradería. Más que trofeos, cosechó afectos; más que victorias, dejó huellas.

Mario Peredo junto a Olga Pissarello, una dupla inbativle en doble mixto.
Su inseparable compañera de dobles, sus viajes a torneos por distintas provincias y países vecinos, las finales disputadas con coraje y las tardes interminables de entrenamiento forman parte de una memoria colectiva que aún late en quienes compartieron cancha con ella. En cada set ganado había esfuerzo, pero también una sonrisa discreta, casi tímida, de quien no necesitaba alardes para demostrar grandeza.
Fuera del club, Olga desplegó otra de sus pasiones: la docencia. En las aulas enseñó Mercadología con la misma claridad con la que leía un partido. Sus alumnos la recuerdan como una profesora exigente pero justa, de palabra pausada, mirada atenta y una paciencia infinita para explicar una vez más lo que hiciera falta. Supo transmitir conocimientos, sí, pero sobre todo valores: responsabilidad, respeto y amor por el trabajo bien hecho.
Su vida fue, en esencia, una suma de vocaciones cumplidas. Deportista notable, educadora comprometida, mujer de trato afable y espíritu generoso, Olga Pisarello dejó una marca silenciosa pero profunda. De esas presencias que no buscan protagonismo, pero que con el tiempo se vuelven imprescindibles en el recuerdo de una comunidad.
Hoy, evocarla es volver a escuchar el sonido seco de la pelota sobre la raqueta, el murmullo de las tribunas modestas, las risas después del partido, las charlas en los pasillos de la escuela. Es recordar a una mujer que supo ganar muchos sets —en la cancha y en la vida— con dignidad, constancia y una nobleza que permanece intacta en la memoria de quienes la conocieron.
Porque hay nombres que no se borran: se transforman en gratitud. Y el de Olga Pisarello es, sin duda, uno de ellos.





