
Un día como hoy de 1938 nace en San Rafael, Mendoza, Manuel San Vicente, docente, guardavidas, jugador de rugby, golfista y nadador, en una v ida atravesada por el deporte, que tuvo continuidad en toda su familia, esposa, hijos y nietos. Hoy está cumpliendo 88 años, y el recuerdo de una nota realizada hace 9 años.
En una nueva edición de “Cinco Fotos, Una Historia” (2017) , el espacio que repasaba la vida y el legado de distintas personalidades vinculadas con el deporte chaqueño, Luis Darío Molodezky recibió a Manuel San Vicente, un hombre que había practicado numerosas disciplinas y que, fundamentalmente, había transmitido a toda su familia el amor por la actividad deportiva.
San Vicente había nacido en San Rafael, Mendoza, el 15 de agosto de 1938. A lo largo de su vida había recorrido distintos lugares del país, había sido docente, guardavidas, jugador de rugby, golfista y nadador, y finalmente había encontrado en el Chaco una nueva patria.
Los primeros años y la Ciudad Estudiantil
Su primer contacto con el deporte se había producido en San Rafael, como ocurría con muchos chicos de aquella época, jugando con una pelota de trapo junto a la denominada “barra del barrio”.
Su familia tenía raíces inmigrantes. Su padre era vasco y su madre catalana. Las condiciones económicas familiares habían sido difíciles, por lo que la posibilidad de estudiar mediante una beca había representado una oportunidad fundamental.
Cuando cursaba los últimos grados de la escuela primaria había comenzado a trabajar como cadete en una escribanía. Allí había conocido a un compañero algunos años mayor que él, quien posteriormente había ingresado a la Ciudad Estudiantil de Buenos Aires, institución creada durante el gobierno de Juan Domingo Perón y destinada a albergar a destacados estudiantes de distintas provincias.
San Vicente había conseguido ingresar gracias a su rendimiento escolar. La institución recibía a alrededor de 200 de los mejores alumnos del país y la beca les permitía estudiar y residir en Buenos Aires.
Los alumnos concurrían a distintos colegios de primera línea. A San Vicente le había correspondido estudiar en San Fernando. La permanencia en la Ciudad Estudiantil dependía, entre otras cosas, del rendimiento académico.
Pero aquella experiencia no se había limitado a los estudios. También había tenido una fuerte formación cultural y deportiva. Los jóvenes participaban de actividades relacionadas con literatura, historia, ciencias y otras disciplinas, además de practicar numerosos deportes.
“Practicábamos desde fútbol hasta esgrima”, había recordado San Vicente.
En sus primeros años se había inclinado especialmente por la natación y el básquetbol. Los campeonatos intercolegiales de Buenos Aires habían sido una experiencia importante y los equipos de la Ciudad Estudiantil habían conseguido destacarse en numerosas disciplinas.

El regreso a San Rafael y los primeros pasos como guardavidas
La experiencia en Buenos Aires se había interrumpido con la Revolución de 1955. Los alumnos habían sido enviados nuevamente a sus respectivas provincias.
San Vicente había regresado a San Rafael y allí había comenzado otra etapa de su vida. Su padre ya había fallecido y las dificultades económicas de la familia habían aumentado.
Mientras cursaba la carrera de maestro normal nacional, había tenido su primera experiencia como guardavidas.
Un vecino había inaugurado una gran pileta en San Rafael, pero la Municipalidad no permitía su apertura porque no contaba con personal especializado para tareas de salvamento. San Vicente había podido acceder a ese trabajo gracias a sus conocimientos de natación, salvataje y primeros auxilios.
Aquella experiencia terminaría marcando buena parte de su vida.
Mar del Plata y 22 temporadas como guardavidas
Durante el invierno trabajaba como profesor de educación física, pero tenía un deseo: conocer Mar del Plata.
La única manera que había encontrado para hacerlo había sido ir a trabajar durante el verano. Así, había llegado a desempeñarse como guardavidas durante 22 temporadas.
Una de aquellas experiencias había cambiado nuevamente el rumbo de su vida. Durante un salvataje había logrado rescatar a una joven de 15 años. El padre de la muchacha, un hombre económicamente muy importante de Buenos Aires, había querido agradecerle y le había preguntado qué deseaba.
San Vicente le había respondido que quería ir a Buenos Aires.
El hombre le había conseguido un trabajo y así se había producido su llegada a la Capital Federal.
El rugby y la formación de una familia
En Buenos Aires había comenzado a entrenar rugby con mayor intensidad. Había jugado en Curupaytí, donde había podido desarrollar el nivel que buscaba.
También allí había comenzado otra etapa fundamental de su vida: la formación de su familia.
Había conocido a María Teresa, quien había sido alumna suya de natación cuando tenía 11 años. Con el tiempo se habían casado y habían comenzado a formar una familia.
Por cuestiones laborales había recorrido diferentes ciudades de la provincia de Buenos Aires. Había trabajado en una empresa vinculada con la construcción de caminos y posteriormente se había radicado en Pergamino.
En esa ciudad había retomado el contacto con el colegio marista donde había trabajado como profesor de Educación Física. La familia había decidido establecerse allí y dejar atrás la vida itinerante que había significado el trabajo en distintas obras.
En Pergamino también había aparecido una nueva disciplina: el golf.

El golf y la llegada al Chaco
San Vicente había encontrado en el golf otra de sus grandes pasiones. Había llegado a jugar con un hándicap de 12 o 13 y también había ocupado funciones dirigenciales, entre ellas la tesorería del club.
Sin embargo, los avatares de la vida habían vuelto a modificar su camino.
En 1981 había llegado al Chaco, inicialmente por razones laborales. Un amigo de Rosario le había ofrecido una oportunidad y San Vicente se había instalado en la provincia junto con su familia.
El deporte, una vez más, había aparecido inmediatamente.
Su hijo mayor, Juan Manuel, ya jugaba al rugby en Pergamino y continuó practicándolo en el Chaco. Otro de sus hijos se había vinculado con el básquetbol y una de sus hijas había desarrollado una destacada trayectoria en el hockey.
La familia había encontrado en el deporte un espacio de integración y crecimiento.

Hindú Club y un equipo inolvidable
Durante los primeros seis meses en el Chaco, San Vicente había permanecido solo, mientras su familia todavía no se había trasladado.
Todos los días almorzaba en Hindú Club, donde había conocido a personas que terminarían convirtiéndose en su familia de contención.
Entre ellos había recordado especialmente a Rabín Choque y al “Gringo” La Regina, con quienes había compartido almuerzos, salidas y jornadas de pesca.
Cuando finalmente llegó su familia, su hijo se incorporó a las divisiones infantiles de Hindú.
En determinado momento se había producido un desencuentro entre el club y el entrenador de la división en la que jugaba su hijo. Ante la necesidad de encontrar un nuevo conductor, alguien había propuesto a San Vicente.
Así había comenzado otra etapa extraordinaria.
Durante cuatro años había dirigido aquel equipo, que se había convertido en un conjunto de gran nivel. Según su propio recuerdo, no había perdido un partido durante esos cuatro años.
Además, aquel grupo había conseguido el título de primer campeón argentino de Seven en Santa Fe.
Muchos de aquellos jugadores habían terminado convirtiéndose posteriormente en dirigentes y entrenadores, algo que San Vicente recordaba con especial orgullo.
La natación y el desafío del Paraná
El vínculo con la natación nunca había desaparecido.
Durante sus años vinculados al golf también había estado relacionado con la pileta del club y había continuado nadando.
En 1998 había comenzado a madurar una idea que parecía difícil: cruzar a nado el río Paraná.
Había decidido dejar de fumar y comenzar un entrenamiento específico. Junto al doctor Elio Bonetto se había preparado para participar de la tradicional competencia Corrientes-Barranqueras.
La carrera finalmente no se había realizado, pero San Vicente y sus acompañantes habían conseguido la autorización de Prefectura para efectuar el cruce.
La experiencia había sido extraordinaria y había conseguido un muy buen tiempo.
Aquella primera experiencia había alimentado todavía más su deseo de volver a desafiar al Paraná.

El gran desafío de 2015
En febrero de 2015 había concretado finalmente uno de los grandes desafíos deportivos de su vida: cruzar nuevamente el río Paraná.
Las condiciones no habían sido sencillas. Una creciente importante había modificado el canal de navegación sobre la costa correntina y había ensanchado considerablemente el recorrido, por lo que había tenido que realizar un esfuerzo mayor al previsto.
Sin embargo, había llegado a destino en buenas condiciones y con enorme entusiasmo.

Durante el cruce había contado con el acompañamiento de un buzo de Prefectura de 26 años, quien se había arrojado al agua cuando San Vicente ya había avanzado una importante distancia para transmitirle las indicaciones necesarias.
El cruce había significado mucho más que una hazaña deportiva. Para San Vicente había sido una forma de demostrar que siempre era posible proponerse nuevos objetivos.

El deporte como legado familiar
La quinta fotografía había permitido ingresar en el aspecto más íntimo de la historia: la familia.
En la imagen aparecían hijos, nietos y otros integrantes de la familia, muchos de ellos vinculados con diferentes disciplinas deportivas.
Una de sus hijas había sido una destacada nadadora de Regatas Resistencia. Otro de sus hijos había tenido una importante trayectoria en el rugby. También aparecía Francisco, quien había estado becado y reclutado por Obras Sanitarias de la Nación en Buenos Aires.
Otro de sus hijos había sido un destacado jugador de rugby, mientras que uno de sus nietos había sobresalido en el básquetbol de Regatas y había conseguido un campeonato provincial en la categoría U15.
El deporte, de esa manera, había pasado de generación en generación.
“Se había transmitido a toda la familia lo que significaba el deporte para las personas y para la sociedad”, había resumido San Vicente.

Un mensaje para todas las generaciones
En el tramo final de la entrevista, San Vicente había querido dejar un mensaje que trascendía sus propias experiencias.
El último cruce del Paraná le había permitido transmitirles a jóvenes y adultos que siempre había sido posible superar las dificultades y proponerse nuevos desafíos.
Su experiencia había sido todavía más significativa porque había afrontado aquel desafío después de haber atravesado importantes dificultades personales y de salud.
El deporte había vuelto a demostrar, en su vida, que no había sido solamente competencia. Había sido educación, amistad, integración, familia y, sobre todo, una manera de enfrentar la vida.
La charla había quedado como un repaso de una trayectoria extensa y apasionada. Una vida que había comenzado en San Rafael, había pasado por Buenos Aires, Mar del Plata y Pergamino, y finalmente había encontrado en el Chaco una nueva patria.
“Yo había nacido en la montaña y me habían enterrado mirando al Paraná”, había expresado San Vicente con emoción.
El encuentro había terminado con el agradecimiento de Molodezky y el compromiso de continuar aquella historia en otra oportunidad, porque detrás de las cinco fotografías todavía quedaban muchas páginas por contar.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY




