
Nelson Martínez, jugador, entrenador y asombrador de fútbol.
EL SASTRE DE LOS DOMINGOS
“El pie insiste en llevarte por el mundo.” Carlos Drummond de Andrade
Por Bosco Ortega
Los veteranos del potrero queríamos tener su estilo. Otros, más tarde, lo buscaron en Bochini o Alonso. Los pibes, contemporáneos de Emanuel Alberto Ortega, mi hijo, decidieron por el Gran Diego.
En la juventud lo apodaron La Bruja, por su porte flaco y el toque de la zurda, más cercano al asombroso prestidigitador de esferas que a las tortuosas infusiones de un caldero de filtros. Era una suerte de Chaplín del área, divertía con la inteligencia de su talento. Una especie de Domingo Arena del tablón, que esculpía filigranas en la corteza del vértigo y tallaba suspiros con el aliento de las tribunas.
Cierta vez, Verlaine definió al iluminado Rimbaud: “Tenía suelas de viento”, escribió. Nelson Martínez tuvo botines de intemperie, jugaba descalzo en las canchitas sin trazado, de la barriada ferroviaria de Central Norte Argentino. Todavía, los terrenos de la Universidad del Nordeste y el posterior Aeroclub provincial, entraban al horizonte a través de las puertitas silvestres de los arcos, sacados de la sombra verde de los montecitos aledaños.
El hijo de Tila y Dante, hogar español y oficio ferroviario, se uniformó con las urgencias del salario. Sus pies descalzos (las zapatillas, para la escuela) actuaron como inversas huellas dactilares; captaron la textura de los pastizales; aprendieron a conocer las formas del cuero aéreo y a desplegar la batuta izquierda en la partitura del potrero.
El arco de su empeine disparaba flechas de fémures. Nelson descubrió la infancia del actual balón reglamentario, acariciando el contorno irregular de la pelota con “tientos”, sus gajos cosidos a mano, la cámara emparchada y la boquita “fruncida” del pico, a causa del cierre precario de sus cordones, lubricados con grasa casera. Citando a Washington Benavídez, en canto de Alfredo Zitarrosa: “De allí, salió el jugador”.
El mundo ancho y ajeno, antes de la globalización neoliberal, se precisó en los territorios itinerantes de las canchas y en sus soberanos noventa minutos. Fiel al riel, diría Alfredo Humberto Norniella, partió de Central Norte a Ferrocarril Oeste, sin estaciones intermedias. Sendas tapas de El Gráfico y sus páginas en sepia, muestran su porte galgo, junto Silvio Marzolini y Antonio Roma; comentan sus goles al invencible Amadeo Carrizo; sus encuentros con Ángel Labruna y Ernesto Pedernera y sus incursiones posteriores por Colombia y Centroamérica, legitimando sus lauros de crack congénito. Años después, el retorno añorado y la historia cercana de su destreza billarística que memoran Sarmiento y Regional y generaciones sucesivas.
No soy periodista deportivo: Carlos Rodolfo Monti y Pepe Ardizzone, Walter Saavedra y Luis Darío Molodezky me socorran. Me cabe, apenas, el honor de ser amigo de su familia, vecino de su casa, heredero de la amistad de sus padres con mi abuelo y mi padre, ambos, maquinistas ferroviarios. Y, por cierto, la gracia cedida a mi hijo, quien inició sus toques, también de zurda, con el legendario Gallego.
Pretérito de Nelson Martínez fue Vicente Zito a quien metaforizaron La Bordadora, por la prolija manera de dribblear o marear a sus azorados contrincantes. Defino en mi humilde ignorancia futbolística, que Nelson Martínez, virtuoso, era el sastre de los domingos, genuino hacedor de un alto corte y confección de belleza y elegancia, modelo de vuelo sereno, hecho a medida de su distinción.
La magia sigue intacta. Todas las tardes, con cercanos ochenta calendarios agradecidos y asistencia ceremonial, el Gallego -administrando astucia y audacia- se prodiga en un entrevero de pitazo completo; sin tregua con sus rivales, ni concesiones a su tácita abuelidad. De igual a igual, como si el gran Amadeo, compadre de mates lentos y memoria rápida, en su sodería de avenida Las Heras 175, estuviera aguardando bajo los tres palos para un torneo de caballeros y una justa de colosos.
Todavía, se dedica al trabajo para el que se preparó en toda la vida: el oficio de amigo. Fue, también, mecánico de locomotoras y automóviles.
Embajada de semejantes, su casa y su mesa: la vereda en lugar de sillas, ofrece tablones. El domingo es su patria, esférica y alegre.
(A Sergio, su hijo)
Dibujo portada: Guillermo Ares (achivo)




