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El 8 de enero quedó marcado como una fecha de profundo dolor para el automovilismo del interior chaqueño. Aquella mañana de 2023 fallecía de manera repentina Néstor Ángel Rovere, uno de los grandes ídolos del deporte motor de Sáenz Peña y la región. Tenía 67 años y un infarto fulminante apagó su vida, aunque jamás su legado.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY
La noticia sacudió no solo a la afición “tuerca”, sino también a toda la comunidad saenzpeñense que lo vio crecer, competir y trascender. Porque Rovere no fue solo un campeón: fue un referente, un apasionado y un hombre profundamente ligado a su tierra.
Apodado cariñosamente “el Sapo”, supo ganarse el respeto dentro y fuera de las pistas. Nacido en 1955 en Presidencia Roque Sáenz Peña, comenzó a destacarse a mediados de la década del 70 y se convirtió rápidamente en protagonista de las competencias zonales. Su talento encontró consagración cuando se coronó campeón de la Fórmula Chaqueña en 1978 y de la Fórmula 4 Chaqueña en 1981, en años donde el automovilismo regional vivía una de sus épocas doradas.

Durante la década del 80 fue figura habitual en el recordado circuito del Centro Democrático Español, escenario de batallas memorables junto a otras glorias del deporte motor chaqueño como Daniel “el Turco” Mehechen, Enrique “Quique” Urrutia, “Nenín” Marinich, Carlos Gómez Luna, Raúl Dimas Raffín, Vicente “Chiche” Moncada y Roberto Demonte. Aquellos domingos quedaron grabados en la memoria colectiva.
Rovere también incursionó en categorías nacionales y zonales de renombre, compitiendo con Fiat 128 IAVA (TN), Crespi-Renault (Fórmula Renault) y Datsun 280 ZX en el Club Argentino de Pilotos, mostrando siempre un estilo aguerrido y respetado.

Su último gran festejo llegó en 1999, cuando se consagró campeón del Zonal Clase “D” a bordo de la inolvidable Chevy negra, preparada por Carlos Sandoval. Continuó en actividad hasta 2001 y, tras algunos regresos esporádicos, se despidió definitivamente de la competencia en 2007.

Fuera de las pistas, Néstor Rovere fue empresario, piloto de avión y aeroaplicador, ligado siempre a tareas rurales, con el mismo compromiso y responsabilidad que mostró en el automovilismo. Su pasión por los motores encontró continuidad en su hijo Leandro, quien hoy compite en el TC Chaqueño, prolongando un apellido que es sinónimo de historia y respeto.
A tres años de su partida, el “Sapo” Rovere sigue vivo en cada recuerdo, en cada relato de box, en cada recta soñada. Porque los verdaderos ídolos no se despiden: se quedan para siempre acelerando en la memoria del pueblo.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY




