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“Mito” Outeriño, el talento que condujo a Hindú Club hacia la gloria argentina de 19611

Hablar de Edgardo “Mito” Outeriño es hablar de una de las páginas más luminosas que escribió el básquetbol chaqueño. Un jugador distinto, elegante, talentoso, de esos que parecían adelantarse a las jugadas y convertir cada ataque en una obra de imaginación y picardía. Su muerte dejó un vacío enorme en el deporte provincial, pero también reabrió el recuerdo de aquellas gestas que hicieron grande al básquet del Chaco.

Y entre todas ellas, hay una que permanece imborrable: el Campeonato Argentino de Clubes de 1961, cuando Hindú Club se consagró campeón argentino en Resistencia, en una semana histórica para el deporte provincial que se desarrolló entre el 20 y el 27 de mayo de aquel año.

Aquella conquista no fue solamente un título. Fue la confirmación de que el básquetbol chaqueño podía mirar de igual a igual a las potencias nacionales. Fue una fiesta popular que movilizó a toda la ciudad, con tribunas repletas, multitudes acompañando y una provincia entera orgullosa de sus representantes.

En ese equipo memorable, “Mito” Outeriño fue una de las grandes figuras. Dueño de una técnica exquisita, de una velocidad endemoniada para el contraataque y de una visión privilegiada del juego, se transformó en el conductor natural de un Hindú Club que deslumbró al país.

Su figura espigada y su dominio del balón marcaron una época. Salido de la cantera de Don Bosco —esa cuna extraordinaria que también entregó nombres como Wilfredo Simoni, Roberto Valussi y Jorge Mac Donald— Outeriño llegó a Hindú para convertirse en uno de los emblemas de la institución “verde”.

Aquel campeonato argentino de clubes de 1961 significó mucho más que una coronación deportiva. Fue una celebración colectiva del crecimiento del deporte chaqueño. Resistencia vivió jornadas inolvidables, con el básquet ocupando el centro de la escena y con Hindú escribiendo una de las páginas más gloriosas de su historia.

Y allí estaba “Mito”, manejando los tiempos del partido, acelerando cuando había que correr, frenando para pensar la jugada exacta, encontrando el pase imposible o penetrando hacia el aro con esa mezcla de habilidad y atrevimiento que lo convirtió en un jugador irrepetible.

Quienes lo vieron jugar todavía recuerdan su estilo elegante, su inteligencia táctica y esa personalidad capaz de levantar a la tribuna con una simple finta o un pase de faja perfecto. Era un jugador completo, pero además tenía algo que no se enseña: carisma. “Mito” llenaba estadios y despertaba admiración.

El paso de los años convirtió aquella campaña de 1961 en una verdadera leyenda del deporte chaqueño. Y en esa leyenda, Edgardo Outeriño ocupa un lugar central. Porque fue uno de los hombres que ayudó a construir la identidad del básquet del Chaco: un básquet veloz, ofensivo, atrevido y apasionado.

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Su historia no terminó jamás en una cancha. Continuó como entrenador, como referente y como símbolo de varias generaciones que aprendieron a amar este deporte observándolo jugar. Ni siquiera los golpes de la vida lograron apartarlo del básquet. Siempre volvía, porque el balón era parte de su existencia.

Hoy, al evocarlo, también vuelve aquella Resistencia vibrando con el campeonato argentino de clubes de 1961. Vuelven las noches de tribunas colmadas, el orgullo de Hindú Club y el talento incomparable de “Mito” Outeriño conduciendo a un equipo que quedó grabado para siempre en la memoria deportiva del Chaco.

Porque hay jugadores que ganan campeonatos. Y hay otros, mucho más escasos, que terminan convirtiéndose en patrimonio sentimental de un pueblo.

Edgardo “Mito” Outeriño fue uno de ellos.

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Mito Outeriño a la derecha, junto a otro grande, Carlos Lutringer
Por Luis Darío Molodezky 

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