
La victoria de Alexander Zverev este domingo en Roland Garros supuso algo más que poner fin a su sequía en los Grand Slam, después de tres finales perdidas. Al mismo tiempo, sirvió para hacer historia en el tenis alemán.
Después de imponerse a Flavio Cobolli en la última ronda en París, Zverev se convirtió en el primer hombre alemán en ganar Roland Garros desde Henner Henkel en 1937, esto es, 89 años después Alemania vuelve a tener un campeón en el Grand Slam sobre tierra. Y, por primera vez, en la Era Abierta.
Desde que se instauró ese período en 1968, tres alemanes se han coronado en un Grand Slam. Y Zverev puede presumir de ser uno de ellos, junto a Boris Becker y Michael Stich. Becker logró seis títulos de esta categoría entre 1985 y 1996, mientras que Stich fue campeón en Wimbledon en 1991. Ningún jugador de esta nacionalidad había ganado un ‘major’ desde que Becker lo hizo por última vez en el Abierto de Australia 1996.

Alexander Zverev celebra, después de ganar su primer Grand Slam en París.By Redacción ATP
Este logro de Zverev pone la guinda a un palmarés brillante. Antes de llegar a París, a sus 29 años, ya contaba en su vitrina con dos títulos en las Nitto ATP Finals, siete coronas ATP Masters 1000 y una medalla de oro olímpica en los Juegos de Tokio 2020. Únicamente faltaba un ‘major’ en su laureado historial.
Zverev se presentó en la final de Roland Garros con un récord de 0-3 en finales de Grand Slam. Una de las más dolorosas fue la primera que entregó ante Dominic Thiem en el US Open 2020, donde llegó a dominar por dos sets a cero. Unos años después, en Roland Garros 2024, cayó frente a Carlos Alcaraz en el quinto set de la final, mientras que en el Abierto de Australia 2025 fue Jannik Sinner el que dominó con claridad en tres mangas.
Después de su derrota en Melbourne, Zverev se convirtió en el noveno hombre en la Era Abierta que perdió sus tres primeras finales de Grand Slam. Este domingo, sin embargo, acabó con la racha para convertirse en el primer hombre que logra estrenarse en un Grand Slam desde Jannik Sinner lo hizo en el Abierto de Australia 2024.
El alemán, que alcanzó la posición más alta de su carrera como No. 2 del PIF ATP Rankings en 2022, cuenta ya con 25 títulos en su vitrina. El alemán también contribuyó a que su país se coronase campeón en la United Cup 2024.

Alexander Zverev ya no tendrá que responder nunca más a la misma pregunta. Durante años, el alemán convivió con una etiqueta tan pesada como injusta en algunos momentos: la de ser el mejor jugador del circuito sin un título de Grand Slam. Había ganado ATP Masters 1000, ATP Finals, oro olímpico, había sido No. 2 del mundo, había jugado finales grandes y había sostenido una carrera de enorme consistencia en la élite. Pero faltaba esa copa. La que cambia la manera en que se mira una trayectoria. La que separa a los grandes jugadores de los campeones de Grand Slam. En Roland Garros, por fin, Zverev la levantó.
Su victoria ante Flavio Cobolli no fue únicamente el cierre de una final. Fue el final de una espera larga, de una herida abierta y de una relación muy particular con París. En la Philippe Chatrier, Zverev había vivido algunos de los momentos más duros de su carrera. Allí perdió una final de Grand Slam. Allí sufrió una lesión que le dejó tendido en la pista sin saber exactamente cómo sería el camino de regreso. Allí volvió muchas veces cargando con la sensación de que el torneo le debía una conversación pendiente.
Esta vez, la respuesta fue distinta.
“Estoy feliz de estar sentado por primera vez al lado de este maravilloso trofeo”, dijo Zverev, todavía intentando ordenar todo lo que acababa de ocurrir. La frase podía sonar sencilla, pero en su caso llevaba muchos años dentro. Había perseguido ese momento durante demasiado tiempo como para envolverlo en una explicación perfecta.
La final también tuvo una parte de sufrimiento inesperado. Zverev reconoció que empezó a sentir calambres al final del cuarto set, aunque no los interpretó como un problema puramente físico. “Tenía calambres, me dolía físicamente, aunque no creo que fueran realmente físicos”, explicó. “Era más mental. Estaba tenso. Era emocional. También estuve algo inestable en el cuarto set”.
Ahí estuvo una de las paradojas de la tarde. Lo que parecía un problema terminó ayudándole a soltar la mano. Zverev sintió que el cuerpo le obligaba a dejar de jugar desde la tensión y a buscar una versión más agresiva. “Quizá los calambres me ayudaron de alguna manera”, admitió. “Me dejé ir. Solté más los golpes y gané”.
La frase sirve para entender el último tramo de la final. Cobolli había forzado el quinto set con una mezcla de valentía y resistencia, pero llegó al parcial decisivo con el cuerpo muy tocado. Zverev también había atravesado su propio momento de bloqueo, pero encontró una vía para liberarse. En una final que había acumulado ruido emocional, cansancio y cambios de ritmo, el alemán terminó jugando el set definitivo con más claridad que su rival.
No fue la primera vez que Zverev estuvo cerca de un grande. Tampoco la primera vez que sintió el peso de una oportunidad así. Pero sí fue la primera en la que pudo atravesar la línea. Por eso, cuando le preguntaron por la libertad que podía darle este título, su respuesta fue inmediata. “Pase lo que pase, ahora siempre seré campeón de Grand Slam. Nadie podrá quitarme eso”.
Esa es la verdadera dimensión del título. A partir de ahora, Zverev ya no jugará las grandes finales con la misma mochila. Podrá perder, podrá volver a quedarse cerca, podrá tener días mejores o peores, pero la pregunta principal ya está contestada. “Eso me da cierta libertad”, reconoció. “Quizá cuando juegue una final, incluso si pierdo, podré decirme: ‘sigues siendo campeón de Grand Slam’. Si hubiera perdido hoy, habría perdido mucha confianza en mí mismo”.
La final, por tanto, también fue una frontera psicológica. Zverev venía de un periodo complicado. Recordó que menos de un año atrás, después de Wimbledon, había atravesado uno de los momentos más duros de su carrera. Entonces habló de vacío, de dificultades físicas, de un tenis que no encontraba. Ahora, sentado junto al trofeo de Roland Garros, el contraste era enorme. “Estoy muy lejos de aquel momento del año pasado”, dijo. “El año pasado fue uno de los momentos más difíciles de mi carrera tenística. Hoy es el más feliz. Muy diferente”.
La escena final en la pista condensó todo eso. Al cerrar el partido, Zverev cayó al suelo. No fue solo celebración. Fue una descarga. “Primero me costaba creer que había ganado”, explicó. “Después vi mi box, a todo el mundo celebrándolo. Vi a mi padre levantar los brazos. Me golpeó de repente, caí al suelo y todas las emociones me llegaron de golpe”.
En esa imagen aparecía también la historia familiar de Zverev. Su padre, su equipo, la estructura que le ha acompañado durante años. El alemán subrayó que este título pertenece a todos ellos. “Es un esfuerzo de familia y de equipo”, dijo. “Tengo el mismo equipo desde hace al menos 12 años, el mismo preparador físico, el entrenador incluso más tiempo. Todo el mundo merece este trofeo”.
Roland Garros tiene además un significado nacional para Zverev. Alemania había tenido campeonas enormes en París, con Steffi Graf como referencia inevitable, pero ningún hombre alemán había ganado el título individual masculino en el torneo. Zverev lo sabía, aunque todavía le costaba procesarlo. “Creo que es la primera vez que un hombre alemán gana Roland Garros”, dijo. “Para las mujeres está Steffi Graf. Para los hombres, es la primera vez”.
La respuesta siguiente, casi improvisada, explicó su estado mejor que cualquier análisis: “Para ser honesto, estoy un poco en estado de embriaguez. Me cuesta responder”. Hablaba de esa borrachera emocional que sigue a una espera larga. Zverev había pasado demasiados años imaginando esa rueda de prensa como para llegar a ella con todas las frases ordenadas.
El título también reivindica un golpe que muchas veces le había señalado. El saque fue una de las claves de su torneo y de la final. Zverev recordó que en otras grandes ocasiones ese golpe le había costado demasiado. “En tierra batida, la precisión del servicio es incluso más importante que la velocidad”, explicó. “La precisión me permitió salir de muchos problemas. Perdí dos finales por culpa de ese golpe y estoy contento de que me haya ayudado a ganar este trofeo”.
La frase cierra un círculo técnico y emocional. El golpe que tantas veces le había generado dudas se convirtió en una herramienta decisiva para ganar el título que más se le resistía. En un deporte donde las heridas suelen tener memoria, ese tipo de reparación tiene un peso especial.
Zverev no necesitó presentarse como un jugador nuevo. No lo es. Sigue siendo el mismo tenista que llevaba una década compitiendo en la parte alta, con sus virtudes y sus batallas internas. Lo que cambia es la mirada. La suya y la de los demás. Ya no será el campeón que faltaba. Ahora será, simplemente, campeón de Grand Slam.
Cuando alguien le recordó aquella vieja etiqueta, incluso aceptó la broma con ligereza. “Podríais llamarme hoy el peor jugador que ha ganado un Grand Slam y me daría igual”, respondió riendo.
Tenía razón. Después de tantos años, de tantas preguntas y de tantas tardes cerca del objetivo, cualquier etiqueta pesa menos que el trofeo que tenía al lado.




