
En la década del ’80, cuando Ramón “Moncho” Otazo ya era un nombre conocido en el Chaco por sus travesías imposibles, sus exploraciones solitarias y su defensa apasionada de la naturaleza, pocos sabían —o casi nadie recordaba— que antes de internarse en el monte, en los ríos y en la selva, había transitado otro territorio áspero y exigente: el del boxeo argentino.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY 
Explorador, naturalista y aventurero “a pulmón”, Moncho Otazo se convirtió con el tiempo en una figura icónica del Chaco profundo. Documentó como pocos la fauna, los paisajes y las culturas originarias del Gran Chaco, dejó más de ocho mil diapositivas, cientos de horas de filmaciones, relatos, objetos y un museo doméstico que buscó mantener viva la memoria de una región tantas veces olvidada. Falleció el 10 de junio de 2014, a los 69 años, dejando una huella indeleble y el reconocimiento como
Patrimonio Cultural Viviente de la provincia del Chaco.
Pero mucho antes de las balsas artesanales, los cruces a pie del Impenetrable y las expediciones río adentro, Moncho había aprendido a resistir golpes en otro escenario: el ring. “Moncho Otazo” nació el 31 de agosto de 1944, en la Colonia La Chiquita del Departamento comandante Fernández, Provincia del Chaco. Realizó sus estudios primarios en la Escuela Nº 166 “Antonio Ramón Fernández” de Presidencia Roque Sáenz Peña.
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EL INTOCABLE. Nicolino Locche y Ramón Oreste Otazo, después de una sesión de entrenamiento en el Estadio Luna Park.
Un flaco aniñado que quería ser campeón
“De porte aniñado y flaco”, así lo describía una vieja crónica del diario NORTE, cuando la agencia de Sáenz Peña logró que Otazo hablara de un pasado que no solía exhibir. Mediano del país, combatiente en clubes de Capital Federal y el Gran Buenos Aires, acumuló decenas de peleas y una campaña extensa, marcada por viajes, sacrificios y desilusiones.
Como tantas decisiones de su vida, el boxeo llegó temprano y de manera absoluta. Muy joven, armó un gimnasio en el fondo de su casa, compró guantes y empezó a entrenar con la convicción de quien ya se ha fijado un destino. Casi sin experiencia, viajó a Buenos Aires para participar del Campeonato de Novicios, representando al Club Huracán de Parque Patricios. Fue tercero. Volvió al norte.
Siguieron los combates en Formosa, Chaco y otras provincias. Llegó a integrar la selección que buscaba un lugar en los Juegos Olímpicos de Tokio. Perdió en los cuartos de final, en el Luna Park, y regresó otra vez. Pero no se detuvo.

El norte, los caminos y la falta de rivales
Con más de cuarenta peleas realizadas y apenas dos derrotas —ambas en Buenos Aires—, su carrera continuó en Corrientes, Salta, Santa Fe y hasta Paraguay. Viajaba sin descanso, pero cada vez encontraba menos rivales. Villa Ángela se había convertido entonces en la mejor plaza boxística del Chaco, con la llegada de púgiles de Rosario, Córdoba y Santa Fe.
Cuando el norte quedó chico, volvió al centro del país. Soñaba, como todos, con ser campeón.
El Luna Park y la gran desilusión
En Buenos Aires entrenó en el Luna Park, bajo las órdenes de Alfredo Porzio. Compartió gimnasio con nombres que luego serían leyenda: Ringo Bonavena, Goyo Peralta, Adán Gómez, Luis del Río. Esperó, con paciencia, la gran oportunidad.
Esa oportunidad llegó con el Campeonato Panamericano, representando al Leotero Boxing Club. Ganó combates, avanzó hasta semifinales y allí, según su propio recuerdo, sufrió la derrota más dolorosa de su carrera: un fallo que el público rechazó con silbidos y protestas.
“Me robaron la pelea y me quitaron la gran ilusión”, diría años después. Lloró de impotencia. Años de preparación y sacrificio parecieron borrarse en una tarde. Fue, quizás, su primer gran choque con las sombras del boxeo profesional.

El quiebre
A partir de allí algo cambió. Siguió boxeando, perfeccionó un estilo elegante y técnico, pero ya no quería pegar. Empezó a sentir que su vida como pugilista debía limitarse al gimnasio. Combatir dejó de seducirlo.
En nueve años ligados al pugilismo fue todo: boxeador, director técnico, sparring de campeones, promotor, segundo, programador, referee, jurado. Conoció cada escalón del ambiente. Y decidió irse.
Tras más de setenta combates, llegó la primera derrota por nocaut, con apenas 23 años. Dos peleas más, dos derrotas adicionales, y la decisión definitiva: abandonar la práctica activa. No quería seguir golpeando. Quería ser otra cosa.

El llamado del monte
Ese “otra cosa” estaba esperando desde hacía tiempo. El campo, la montaña, la selva comenzaron a pesar más que el ring. Buenos Aires se volvió insoportable. Desapareció un tiempo, recorrió Entre Ríos y Uruguay, organizó festivales solidarios, y finalmente dio el paso que definiría su vida.
Vendrían entonces las navegaciones épicas —como aquella balsa casera con la que recorrió más de 200 kilómetros por el río Teuco—, los cruces a pie del Impenetrable, la investigación autodidacta sobre los primeros habitantes del Chaco, el archivo fotográfico monumental y el museo en su propia casa de Sáenz Peña.

Una vida, muchas batallas
Moncho Otazo peleó en el ring, pero también contra el olvido, la indiferencia y la destrucción del patrimonio natural y cultural. Cambió los guantes por la cámara, el cronómetro por la brújula, el gimnasio por el monte. Pero conservó siempre la misma ética: la del esfuerzo, la soledad y la resistencia.
Su vida fue increíble porque no respondió a un solo molde. Antes de ser explorador, fue boxeador. Antes de ser naturalista, fue pugilista. Y en ambos mundos dejó algo de sí: la certeza de que vivir, como pelear, exige coraje.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY 




