
Hablar de Juan Carlos Salazar es remontarse a aquella camada de jóvenes que, con sacrificio y pasión, comenzaron a forjar la identidad pugilística de Presidencia Roque Sáenz Peña, convirtiendo a la ciudad termal en una de las plazas más importantes del boxeo chaqueño.
Salazar nació el 18 de abril de 1936 en Bandera, provincia de Santiago del Estero. Apenas un año después, su familia se radicó en el Chaco, tierra que lo adoptó y donde escribiría su historia deportiva. Falleció el 15 de noviembre de 2011 en Sáenz Peña, dejando un legado que aún perdura en la memoria del boxeo regional.
Desde los 16 años se vinculó al noble deporte de los puños, y apenas dos años más tarde ya saboreaba la gloria. En 1954 se consagró campeón gallo en el Torneo Interprovincial realizado en Resistencia, en el marco de la tradicional Fiesta Nacional del Algodón, disputado en el recordado Anfiteatro Todaro. Era el inicio de una carrera que prometía grandes conquistas.

En 1960 estuvo a un paso de representar a la Argentina en los Juegos Olímpicos. En el selectivo nacional cayó en la final ante el mendocino Carlos Aro, quedando muy cerca de integrar el equipo que competiría en Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Aquella derrota no empañó su crecimiento, sino que fortaleció su carácter.
Uno de sus mayores logros llegó en 1961, cuando integró el seleccionado argentino amateur y se consagró campeón pluma en el Campeonato Latinoamericano disputado en Montevideo, dejando en alto el prestigio del boxeo chaqueño en el plano internacional.
En 1963 decidió dar el salto al profesionalismo bajo la dirección técnica de los hermanos Juan y Bautista Rago. Su campaña rentada alcanzó los 20 combates, enfrentando a rivales de jerarquía y demostrando siempre su temple y calidad.
Pero su carrera también tuvo momentos de amarga injusticia. En San Pablo, Brasil, ante el local Rosendo Dos Santos, protagonizó una escena que recordó al histórico combate entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey: Salazar sacó a su rival del ring entre las cuerdas, pero la pasividad del árbitro permitió que el brasileño regresara al cuadrilátero antes de iniciar la cuenta. El fallo, finalmente, lo dio perdedor por puntos. Una herida deportiva que el tiempo no logró borrar.
Más allá de los títulos y las peleas, Juan Carlos Salazar dejó una enseñanza que trasciende los cuadriláteros. En 1964 nació en Buenos Aires su hijo Carlos Gabriel, a quien formó en el boxeo desde pequeño. Sin embargo, cuando el joven decidió iniciar su camino profesional, el padre le dio una lección de humildad y grandeza:
«Hijo, yo te enseñé hasta aquí; si quieres seguir progresando en el boxeo, búscate otros técnicos que sepan más que yo».
Ese gesto define a Salazar tanto como sus triunfos: un hombre que entendía el boxeo como escuela de vida, que supo construir gloria sin perder la sencillez y que fue parte fundamental de la generación que convirtió a Sáenz Peña en tierra de campeones.
Un nombre que merece ser recordado entre los pioneros del boxeo chaqueño.
POR LUIS DARIO MOLODEZKY





