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¿Quién fue el mítico Barba Roja? Alejandro Pirota

El gigante bueno que asombró al país

 

Cuando éramos chicos —hace seis, siete décadas o tal vez más— había nombres que parecían gigantescos aun antes de conocer sus historias. Uno de ellos era Barba Roja. Bastaba escucharlo para imaginar fuerza descomunal, gestos feroces y noches de Luna Park colmado. Luchador, catcher, primera figura de la lucha libre argentina, Barba Roja fue durante años sinónimo de espectáculo y asombro. Su verdadera nombre, Alejandro Pirota.

 

POR LUIS DARIO MOLODEZKY

Con el tiempo, hurgando en archivos, recortes amarillentos y memorias familiares, la historia reveló su costado más entrañable: Barba Roja no era otro que Alejandro Pirota, nacido en Santos Lugares, tío del querido Puma Pirota, hermano de su padre. El temible personaje del ring tenía nombre y apellido, y también una humanidad que desmentía cualquier máscara.

Tan grande, tan fuerte, tan brusco, tan impresionante en gestos, actitudes, saltos, pistoneos y estrangulamientos, el terrible catcher Barba Roja era uno de esos ejemplares que invitaban a mantener distancia. Sin embargo, bastaba acercarse un poco para que ocurriera la sorpresa: tenía mirada, voz y ocurrencias de niño. Un alma buena. Como el mítico Hombre Montaña, otro coloso del ring que fuera de escena resultaba ser, en realidad, un pan de azúcar.

Aunque hacía cachascán en calidad de profesional, Alejandro Pirota fue ante todo un deportista integral. Conservaba cuadernos en forma de álbum con recortes y fotografías de sus actuaciones desde la infancia. Era enorme —rozaba los dos metros— y su físico parecía diseñado para cualquier disciplina.

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Antes de ser Barba Roja, fue basquetbolista. En 1937 jugaba en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque y luego en Defensores de Santos Lugares, donde como cadete integró un equipo campeón de zona y llegó incluso a jugar en Primera junto a “Naranjito” Rossi. Practicó además remo en el Club de Regatas de Bella Vista y hockey sobre patines en la institución Sarmiento, donde fue campeón infantil. En 1942 tenía apenas 14 años, pero ya lo llamaban “El Gigante”.

A los 20 comenzó su camino en la lucha en la Y.M.C.A.. Su exuberancia física, la barba espesa y la cabeza rapada lo hacían parecer mucho mayor. No era calvicie: el pelo se le había chamuscado en una travesura infantil. Tenía apenas 28 años cuando ya era una figura consagrada, aunque sobre el ring parecía un veterano curtido por mil batallas. Y, aun así, seguía siendo —como decían quienes lo conocieron— un gran muchacho.

Puede ser una imagen de texto

El Puma Pirota, su sobrino, recuerda aquellos años dorados: los combates en el Luna Park frente al Hombre Montaña, Martín Karadagián, el ancho Rubén Peuccele, el Indio Comanche. Luchaba contra todos. Después vinieron las giras: Centroamérica primero, San Pablo y Brasil más tarde, donde también se ganaba la vida haciendo publicidad de trajes, acompañado por dos enanos que acentuaban aún más su figura colosal. Recorrió el continente como un verdadero nómada del espectáculo.

Pero la anécdota que mejor lo define no ocurrió bajo reflectores. Fue en General Pinedo, en una visita familiar. Alejandro armó un barrilete gigantesco, de casi dos metros, con doscientos metros de hilo grueso. Le colgaron un farolito en la cola y lo remontaron de noche. Todo el pueblo salió a mirar. El barrilete se convirtió en la atracción. Hasta que la piola se cortó. Al día siguiente lo encontraron incrustado en un árbol, a la vera de la Ruta 95, camino a Villa Ángela. El gigante que hacía temblar estadios, jugando como un chico más.Puede ser una imagen de texto que dice "hidle Coc te mo t one duchi"

Así fue Barba Roja, Alejandro Pirota: luchador temible, deportista completo, viajero incansable y hombre bueno. Un nombre que marcó época, una figura que hoy vuelve desde la memoria para recordarnos que detrás de cada mito suele esconderse una historia todavía más grande.

POR LUIS DARIO MOLODEZKY

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