Básquetbol

Pichín Centanaro, el petiso goleador

 

 

 

Hablar de Pichín Centanaro, es un poco poner en caja la histpria del básquetbol del Chaco, y también en la epoca que le tocó jugar. Hoy podría jugar en cualquier equipo, aunque primero pregunten cuanto mide. Sin embargo el podría levantarse y suspenderse en el aire, cu cuando su rival bajo, el arma su tiro y te liquida. Está entre los grandes jugadores que dio y sigue dando el Chaco, pero hacer comparaciones es odioso. Fue un grande, y nada más.

 

César “Pichín” Centenario enfrentando al legendario Mago Cabrera

 

El chico que empezó con esgrima y terminó enamorado del básquet

 

—Muchos no te tenían como esgrimista.

—Y sin embargo lo fui. Muy bueno, además. Cuando era chico, tendría diez años, practicaba esgrima en el Círculo de Armas General San Martín, que quedaba cerca de Villa. Pero después vino la escuela secundaria. En esa época había que rendir examen de ingreso y necesitaba una maestra particular.

Mi mamá se enteró de que a una cuadra de casa, en Pueyrredón y Santa Fe, estaba Nelly Lischuc. Fui ahí, llegué temprano, cuatro menos cuarto, y Pitín Lischuc —que tenía mi misma edad— me dice: “Mi hermana está durmiendo, vení al patio. Tengo una pelota de básquet”.

Ahí pasó algo que me marcó para siempre. Agarré la pelota… y me enamoré. Nunca más me despegué del básquet.

El primer partido que lo cambió todo

—¿Recordás el primer partido que viste?

—Perfectamente. Hindú contra Villa, en cancha de Hindú. Estaban Mito Uterino, los Lischuc, Coco Rocha… del otro lado Carlucho, Penny, Doso, Greco. Yo era un pibe, me volví loco. Había tanta gente que me perdí. Me querían encontrar y yo estaba metido entre la multitud, fascinado.Ahí empezó todo.

 Centanaro con emblemas de Chaco como Lobera, Neco Pérez, Mac Donald junto a la delegacion de Chaco.

De juvenil a primera, casi sin transición

—Arrancaste a los doce y a los quince ya estabas en primera.

—Sí, a los quince o dieciséis ya jugaba en primera. Y no era fácil entrar en ese equipo. Venían de ser campeones argentinos. ¿Cómo sacás a un Filipponi o a un Uterino? Yo lo único que podía hacer era jugar, entrenar y esperar que me dieran una oportunidad.

Mi debut fue contra 12 de Octubre. Jugué un ratito. Yo ya era rapidísimo porque hacía atletismo. Hindú siempre jugó al contragolpe: rebote y salida. Y para eso yo era ideal.

 

Carlucho, en la selección,me decía: “Olvidate de la pelota… vos corré”.
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Pichín en la radio con el periodistas Luis Molodezky 

 

La irreverencia del joven goleador

—Yo era caradura. Un día le digo a Aquilo Lobo:
“¿Usted cree que yo no puedo jugar en primera? ¿Que Mito Uterino es mejor que yo?”

Se rió y me respondió:
“Cuando seas campeón argentino como él, recién hablamos”. Yo quería ganarme el lugar. No había otra.

El partido inolvidable: 42 puntos sin triples

—Siempre se recuerda aquel Hindú–Villa donde hiciste 42 puntos.

—Sí, contra Potolo, que hizo cuarenta. Sin triple. De todos lados. Hubo un tiro mío de mitad de cancha, en jump shot, y Carlucho se agarró la cabeza. Esos partidos quedan para siempre.

 

Jugar con los grandes del básquet argentino

—Me preguntaron quiénes fueron los mejores bases. Yo le pregunté a Cabrera y me dijo varios nombres, pero también aclaró que ninguno fue como él, porque jugaba de base y de pívot. Cabrera era el “Mago”. Un jugador extraordinario… y muy seguro de sí mismo. Pero era de esos tipos que te hacían mejor. Ese básquet de Bahía Blanca… nueve años campeones argentinos. Un equipo que incluso le ganó a Yugoslavia. ¿Cómo les ganabas?

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La pasión que empieza con la radio

—Yo era un chico y escuchaba los torneos por radio. Recuerdo una final del Chaco bajo una lluvia torrencial. Se cortaba la transmisión y yo seguía ahí, con la radio pegada al oído.

El básquet me marcó en todos los aspectos de mi vida. Y lo primero que me dio fue disciplina y constancia.

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Centanaro atacando al Mago Cabrera

El entrenamiento obsesivo

—¿Cuánto hay que tirar para tener tanta precisión?

—Muchísimo. Ochocientos, mil tiros por día. Un mormón que pasó por casa me dijo: “Si querés ser buen jugador, hacé atletismo y pesas”. En esa época nadie hacía pesas. Yo entrenaba en cualquier aro que encontraba. Incluso apagaba las luces del club y tiraba a oscuras. Cerraba los ojos para buscar la mecánica del lanzamiento. Me miraba en un espejo. Era autodidacta.

El goleador y el egoísmo necesario

—El goleador tiene que ser egoísta. No lo digo yo, lo dicen todos los grandes jugadores. Siempre me marcaron hombre a hombre. Muy pocas veces me defendieron en zona. Tenía que resolver uno contra uno, sí o sí.

¿El jugador nace o se hace?

—Se nace… y después se trabaja. Podés tener talento, pero sin disciplina, constancia y entrenamiento no llegás. Yo medía menos que muchos rivales: Filinto Herman tenía más de dos metros diez. Entonces tenía que compensar con preparación.

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Visita de estrellas del básquet como Perazzo y Finito Gherman. Aquó Pichín junto a la Mona Lobera

Rivalidad y amistad: Hindú y Villa

—Mi mejor amigo fue Potolo. Rival tremendo.

Jugábamos en clubes distintos y después salíamos a caminar juntos. Yo entrenaba en Villa y él en Hindú. Nos criticaban por eso. Pero el deporte también es eso: respeto.

El físico adelantado a su época

—Decían que estaba quince años adelantado porque hacía pesas. Algunos después se arrepintieron de no haber entrenado así. Yo me lesioné tres veces en toda mi carrera. Nada más.

¿Jugaría en el básquet actual?

—Cada época tiene lo suyo. Creo que podría haber jugado, aunque la altura hoy pesa más. Pero el uno contra uno y el lanzamiento siguen valiendo. Lo importante es asumir el rol que te toca.

El básquet argentino y sus ciclos

—Las grandes generaciones son camadas. La Generación Dorada fue algo excepcional. Va a costar repetirla. El básquet argentino tiene talento, pero históricamente le faltan “lungos”. En Chaco, más todavía.

Puede ser una imagen de sonrisas

El atletismo en la pista junto a su hija

El legado

—Si algo me dejó el básquet fue una forma de vivir: levantarse cada día, agradecer y seguir trabajando. Mi camino fue ese. Disciplina, constancia y pasión.

La charla continúa. En la pausa radial, mientras suena la cortina de Por Amor al Deporte, queda la sensación de haber recorrido no sólo la carrera de un goleador formidable, sino también la intimidad de un hombre que, detrás del carácter competitivo, se define a sí mismo como tímido.

César “Pichín” Centenario no habla de récords como trofeos. Los menciona como estaciones de un viaje que empezó, simplemente, el día en que un chico le alcanzó una pelota en un patio de barrio. Y nunca más la soltó.

 

Pichín Centanaro, el enano que volaba

Por momentos, César Pichín Centanaro habla como jugaba: sin pedir permiso. Va al frente, encara, choca, se ríe de sí mismo y de los demás, y cuando parece que va a frenar… acelera otra vez. Su memoria es una cancha abierta: nombres, partidos, discusiones, amigos, rivales, anécdotas que todavía botan como una pelota vieja pero fiel.

La charla empieza fuerte. Muy fuerte. “Hablaste de mi madre”, dice. No hay reproche: hay emoción. Y enseguida pone las cosas en su lugar. Esa nota que lo conmovió no fue casualidad. Tenía autor y tenía peso: Manolo Bordón, pluma brillante, fanático de Villa San Martín, amigo entrañable, de esos que se respetan incluso —o sobre todo— desde la vereda de enfrente.

 

Antes del básquet, la espada

Pocos lo saben, pero antes de ser goleador, Pichín fue esgrimista. Muy bueno. Empezó de chico, a los diez años, en el Círculo de Armas General San Martín, a metros de Villa. Todo parecía indicar que su destino estaba ahí. Pero la vida, como el deporte, siempre tiene un rebote inesperado.

Había que rendir para ingresar a la secundaria. Se necesitaba una maestra particular. Y entonces apareció Nelly Lischuk, a una cuadra de su casa, en Pueyrredón y Santa Fe. Y con ella, Pitín Lischuk, de su misma edad, con una pelota de básquet bajo el brazo. —Vení, vamos al patio —le dijo.

Ese día, sin saberlo, Pichín se enamoró del básquet. No hubo marcha atrás. La pelota fue un flechazo. El primer partido que fue a ver lo terminó de condenar: Hindú contra Villa, en cancha de Hindú. Mito Outeriño, los Lischuk, Coco Rocha; del otro lado, Carlucho, Penny, Dosso, Greco, Prado Lima. Un desfile de nombres que todavía hoy le iluminan los ojos.

Se perdió entre la gente. Literalmente. Lo buscaron hasta encontrarlo. Y cuando lo hallaron, ya era tarde: el básquet lo había atrapado para siempre.

Hindú, el contragolpe y las piernas

A los quince, dieciséis años, Pichín ya jugaba en Primera. Entrar en ese equipo era casi una utopía. Hindú era campeón argentino. ¿Cómo sacar a Filiponio? ¿Cómo mover a Mito Uterino? No había otra opción: jugar, correr, esperar el momento.

Y cuando entraba, lo hacía con lo que tenía: piernas, velocidad, atletismo puro. Hindú vivía del contragolpe. Rebote y salida rápida. Y ahí, Pichín era letal. Carlucho lo resumía fácil: —Olvidate de la pelota. Vos corré. Y Pichín corría. Y volaba.

El goleador tiene que ser egoísta

Nunca renegó de eso. Al contrario: lo asumió. Lo explicó. Lo defendió.

—El goleador tiene que ser egoísta. No lo inventó él. Lo dijeron muchos grandes. Y en esa lógica se entiende su relación con Beto Cabrera, el mago, el mandamás, el mejor jugador del país. Genial, irreverente, ególatra. Como todos los grandes. Cabrera no soportaba no ser el goleador. Y cuando no la embocaba, se notaba. Pero también veía algo en Pichín. —Me gustaría tener tus piernas —le decía.

Porque Centanaro atacaba, defendía, corría, chocaba. Porque estaba acostumbrado a que lo marcaran hombre a hombre, incluso con dos. Porque el básquet de aquellos años no perdonaba al petiso si no era un fenómeno.

El día que hizo 42

Hay partidos que no se olvidan. Uno de ellos fue aquel Hindú–Villa en la Franklin, cuando Pichín metió 42 puntos y Pótolo hizo 40. Sin triples. Todo a puro lanzamiento, desde la esquina, de lejos, de cerca, desde donde fuera.

En uno de esos tiros, Pichín sacó un jump shot desde mitad de cancha. Carlucho se agarró la cabeza. —Este enano de mierda… nunca me va a ganar. El respeto también se construye así.

Entrenar como nadie

La leyenda del “Pichin Centanaro” no se explica solo por talento. Se explica por entrenamiento obsesivo. Ochocientos, mil tiros por día. Pesas cuando nadie hacía pesas. Atletismo cuando el básquet todavía no lo entendía.

Un mormón, de esos que tocaban timbre en las casas, le dio el consejo clave: —Si querés ser buen jugador de básquet, hacé atletismo y pesas.

Y Pichín obedeció. Incluso entrenaba con las luces apagadas. Cerraba los ojos. Buscaba la mecánica. Se miraba al espejo. Autodidacta. Obsesivo. Adelantado quince años.

Por eso Orcasita escribió en El Gráfico:
“Nace una estrella del básquet argentino, mezcla de Uterino y Lustringer”.

Rivales, amigos y respeto

Pótoro fue rival y amigo. Entrenaban juntos, se visitaban, se criticaban. No había grietas. Había básquet. Lo mismo con la gente de Villa: Ricardo Siri, Quique Cundom, señores dentro y fuera de la cancha.

Porque, antes que nada, el básquet le dio algo que Pichín no negocia: disciplina y constancia.

Hoy, a los setenta y ocho años, sigue creyendo lo mismo. —Gracias, Señor, por un día más.

El enano contra los gigantes

Jugó contra tipos de dos metros doce. Contra Cabrera, Elizaso, Filinto Herman. No era alto. Nunca lo fue. Por eso tuvo que ser mejor. Más rápido. Más preciso. Y Pichín nació… pero se hizo todos los días.

Epílogo

Nació un 25 de junio. Mundial 78. Historia grande. No es casualidad. O tal vez sí. Pero hay fechas que parecen marcadas.

Cuando termina la charla, queda claro que César “Pichín” Centanaro no fue solo un goleador. Fue una forma de entender el juego. Una manera de vivir el deporte. Un enano que volaba en un básquet que ya no existe, pero que todavía se recuerda.

Y se respeta.

POR LUIS DARIO MOLODEZKY –

Elaborado de la nota realizada en el programa Por Amor al Deporte por la 91.1 UTN por el propio periodista.

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