
Foto portada: Haciendo lo que más le gusta. Eduardo con las manos sobre el manubrio y a la espera de una carrera.
Hay oficios que se heredan como se heredan las historias: a fuerza de manos, paciencia y una terquedad hermosa. En Villa Centenario, Resistencia, hay una persiana que aún sube cada mañana y cada tarde. Detrás está Eduardo Dell’Orto, 62 años, jubilado, ciclista de alma y bicicletero por destino. Su voz se quiebra un poco cuando pronuncia la palabra pasión, pero el resto es puro pulso: un banco de trabajo, herramientas listas para usar y un mundo de bicicletas que le pasan por las manos.
Un linaje entre ruedas
Eduardo habla con NORTE de sus tíos antes que de sí mismo. «Ellos fueron los primeros», repite. A la sombra de esos dos talleres —uno por la avenida Belgrano y Juan Domingo Perón, otro en avenida Belgrano al 950— aprendió los primeros rudimentos.

Sobre su padre supo correr en bicicleta, aunque su oficio era el de albañil. Si bien no fue bicicletero, en su hogar siempre tuvo herramientas entre manos. Eduardo recuerda que fue su hermano mayor quien le encendió la chispa de competir. En ese caldo nació una vocación: a los 11 o 12 años ya armaba y desarmaba bicis, ya sabía dónde tocaba cada tornillo, y en Alberdi 770 levantó su primer taller.
Con mudanzas que marcan épocas —San Martín 915 primero, San Martín 1124 después—, la dirección fue cambiando, pero no el rumbo. «Hace treinta y pico de años que estoy», dice sin grandilocuencia, casi como al pasar.

Al taller acuden vecinos de Villa Centenario de todas las generaciones. Entre saludos, mates, anécdotas y charlas de ocasión pasan los días. Eduardo está al lado de la iglesia San Antonio, se casó ahí y su esposa es también de la zona. En Villa Centenario lo conocen por el nombre y por el inconfundible timbre metálico que resuena al pasar y da vida al barrio.
Voy a seguir trabajando hasta que pueda. Es mi pasión, lo que me gusta y siempre hice
El corredor que no dejó de pedalear
Entre llaves Allen y radios, Eduardo se calzó durante 25 o 26 años el traje de corredor. Le gustaba el cambio, esa pequeña ingeniería que convierte una subida en promesa. «Por eso me inicié en el ciclismo», admite. Corría cuando la ruta ardía y hoy sigue eligiendo mirar las bicicletas como si cada una guardara un secreto. La especialidad que le brota sin pensar es el mountain bike: transmisión, relación, ajuste fino. «Ahí me siento en casa», reconoce.

Con la economía jugando su propio partido, las dos ruedas volvieron a ganar la calle. Subieron los combustibles, apretó el bolsillo y el ciclismo —sobre todo el de montaña— tomó un nuevo aire. «Hay auge, pero igual está difícil», explica. Trabaja solo, elige los trabajos, dosifica el cuerpo: los martes y jueves por la tarde no atiende. La mañana lo encuentra después de las nueve; la tarde, cuando el sol afloja, pasa de las cinco a las siete. «Ya estoy jubilado, pero sigo», dice, y en ese sigo hay una declaración de principios.
Un taller que es refugio
Del banco salen bicicletas que vuelven al barro, a la costanera, a los mandados del barrio o a las travesías de los caminos de tierra. Llega gente de Villa Centenario y de más lejos: la clientela lo persigue por gratitud y por confianza. «Nunca me quedé sin trabajo», asegura y sonríe con la humildad de quien todavía disfruta engrasarse las manos. Tiene todas las herramientas que necesita y, lo más importante, todos los recuerdos que lo guiaron hasta ahí.
Eduardo confiesa dolores que llegan con los años: piernas cansadas, cintura que protesta por agacharse y levantarse. Pero no hay queja. Hay ajuste. Hay respiro. Hay continuidad. Atender la bicicletería no es una épica heroica: es una rutina hecha de pequeñas victorias, como cuando una transmisión deja de chillar o un freno muerde parejo. En esa liturgia cotidiana, él encuentra la calma.
Ahora la bici está más en auge por la situación económica y lo que más se ve en la calle son las mountain bike
El último del apellido sobre el piñón
«Soy el último que arregla bicicletas de los Dell’Orto», dice con una mezcla de orgullo y melancolía. Los tíos se fueron, los primos tomaron otros rumbos. Lo suyo es persistir. Quien quiera llevar la bici para una puesta a punto, sabe que lo encontrará con la charla amable que lo caracteriza. Eduardo arma sus días como arma una rueda: con paciencia, tensando de a poco, logrando que todo quede centrado.

Villa Centenario le devuelve el gesto: lo saluda cuando llega, le confía historias con cada rodado, le agradece cada arreglo que devuelve a la calle a un trabajador, a una estudiante, a una madre con su nena en la sillita. Su taller, cerquita de la iglesia, es un punto cardinal para los que creen que la ciudad también se cuenta desde abajo del manubrio.

Eduardo Dell’Orto sigue ahí, en San Martín, con el olor a caucho nuevo y grasa buena. Jubilado, sí, pero no retirado del oficio que lo nombra. Sabe que un cambio bien calibrado puede hacer más llevadera una pedaleada. Y que, como en la vida, lo importante es mantener el equilibrio mientras se pedalea. En Villa Centenario, la rueda sigue girando; Eduardo, también.
Marcelo López-




