BoxeoHISTORIAS

Ramón Duarte, un guerrero silencioso del boxeo

En una época en la que el boxeo se respiraba en los clubes de barrio y las noches de pelea paralizaban a toda una ciudad, Ramón Duarte fue uno de esos hombres que hicieron del ring un destino. Un luchador de los de antes: serio, austero, sin estridencias, pero con una valentía que se medía round a round, golpe a golpe.

Nacido en Resistencia —aunque su documento consignara otra fecha— el 6 de enero de 1946 (o quizás algunos años antes, como tantas historias de aquella generación), Duarte se forjó en los gimnasios humildes de la ciudad, bajo la mirada exigente de Angirama y de su mentor principal, “Coco” Torres. Allí aprendió el oficio duro del boxeo, ese que no regala nada y que exige disciplina incluso cuando no hay gloria a la vista.

Su carrera profesional se extendió entre 1966 y 1982, años intensos en los que enfrentó a lo mejor de la categoría liviano junior. Manuel Álvarez, Hugo Corradi, “Cachín” Méndez y Víctor Echegaray fueron algunos de los nombres con los que compartió cartel, combates ásperos y la certeza de que cada pelea podía ser decisiva.

Buenos Aires lo vio crecer. Bajo la dirección técnica de los hermanos Porzio, Duarte pisó muchas veces el mítico ring del Luna Park, templo mayor del boxeo argentino, donde sólo llegaban quienes tenían coraje de sobra y hambre de trascender. No fue campeón del mundo ni portada de revistas, pero fue algo que en el boxeo vale tanto como un cinturón: un rival respetado.

Su logro más recordado llegó en 1970, cuando derrotó —y luego volvió a vencer— al campeón uruguayo Gualberto Fernández. Aquellas dos peleas, disputadas con apenas semanas de diferencia, encendieron la pasión de los aficionados chaqueños. La primera, ganada por Duarte en fallo dividido, dejó al público partido entre el empate y la victoria. La polémica alimentó la expectativa de una revancha que resultó aún más convocante.

Ambos combates se realizaron en el estadio del Club Atlético Chaco For Ever, con un ring improvisado donde hoy se levanta la tribuna popular que mira hacia la avenida 9 de Julio. Fue una postal irrepetible: la multitud de pie, el humo de los cigarrillos, los gritos, el sudor, y en el centro, Duarte, firme como un roble, peleando por algo más que un resultado.

Su récord —119 combates profesionales, con 102 victorias, 11 derrotas y 6 empates— habla por sí solo. No todas las peleas quedaron registradas oficialmente, como ocurría con muchos boxeadores del interior, pero la memoria popular conserva su nombre entre los más duros de su generación.

Con el paso de los años, aquel joven recio se transformó en un hombre sensible. Enseñó boxeo a nuevas camadas en Resistencia, transmitiendo no sólo técnica sino valores: respeto, sacrificio y dignidad. Lejos de los reflectores, trabajó hasta sus últimos días como sereno en la Escuela Municipal de Folklore, llevando una vida sencilla, casi anónima, como si el ring hubiera quedado en otra vida.

Cuando hablaba del pasado, los recuerdos lo ablandaban. Recordaba con especial afecto a Tito Lectoure, figura clave del boxeo nacional, y a aquellos años en los que cada pelea era una batalla y cada triunfo, una conquista colectiva.

Ramón Duarte falleció el 5 de mayo de 2016. Se fue en silencio, como vivió fuera del cuadrilátero. Pero en la memoria del boxeo chaqueño permanece intacta su figura: la de un hombre que peleó contra los mejores sin pedir ventajas, que honró su oficio y que convirtió su vida en una historia de coraje.

Porque hay campeones de cinturón… y hay campeones de respeto.
Ramón Duarte perteneció a estos últimos.

 Por Luis Darío Molodezky

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